The last shot

The last shot

Relato publicado en la antología de relatos Leyendo entre líneas de la editorial Hijos del Hule, 2010.


Era la última noche, la última noche que estaríamos juntos. Después de hoy, él partiría en su propia aventura dejándonos a todos los demás atrás. Había tenido la suerte de acompañarle durante aquellos últimos años. Con sus éxitos nos había arrastrado hasta allí. Lo más sorprendente de todo es que después de cada uno de ellos, después de todas las alabanzas recibidas, él me respondía que no había para tanto, que lo conseguido estaba muy bien, pero que tenía que seguir trabajando duro para mejorar. Un talento inconmensurable, una extraordinaria humildad y una gran capacidad de sacrificio. Todo convergía en él, la receta perfecta para triunfar y ninguno de los que le rodeábamos tenía duda alguna de que lo conseguiría.

Fuera como fuese, nos encontrábamos en una noche especial, una noche en la que los destinos se podían ver truncados para siempre. Los elegidos podían caer en el olvido y hasta algún sin nombre podía alzarse a lo más alto en unos pocos instantes. Nosotros nos encomendábamos a su magia para que nos siguiera guiando, para que nos iluminara el camino hacia la gloria. Una gloria que para nosotros significaría la cima, pero que para él sólo sería un paso más en su fulgurante carrera. La historia no nos recordaría a ninguno de los demás, pero el simple hecho de haber formado parte de ella, de haber podido trabajar con él, de haberle podido traspasar parte de mi conocimiento, ya era más que suficiente para sentirme realizado. Un sentimiento que creo que compartía con todos los demás compañeros de travesía.

De momento la suerte nos sonreía. Evan se zafaba una vez tras otra de su marcador desquiciando a la defensa rival. Su repertorio de movimientos era infinito. Tan pronto fintaba hacia la derecha para escabullirse por la izquierda, como frenaba en seco a medio reverso para volver sobre si mismo y levantarse para anotar en suspensión. Despegaba los pies del suelo con suma facilidad y se alzaba como si su cuerpo fuera liviano como una pluma, flotando en el aire durante lo que a los rivales les parecía una eternidad, con el tronco erguido, para armar el brazo con elegancia y soltar la pelota suavemente trazando un arco perfecto hasta la canasta. Apenas se oía la suave caricia del balón con la red. Evan lo repetía posesión tras posesión. De poco servía que el contrincante le hubiera estudiado con detenimiento, que le persiguiera como un perro de presa durante todo el partido, que le intentara frenar con faltas, con un dos contra uno… nada, él siempre encontraba el modo de librarse con un grácil cambio de mano, con un bote por la espalda. Si él no podía encestar, creaba espacios para sus compañeros doblándoles la pelota para un tiro abierto o asistía con un pase imposible dentro de la zona. Su experiencia y su visión de juego a su temprana edad eran incomparables. El griterío del público era ensordecedor tras cada una de sus invenciones. Yo, aunque llevaba tres años viéndole día tras día, tampoco podía dejar de maravillarme viéndole deslizarse por la pista. Cuando Evan tenía la pelota en las manos era como si el tiempo se detuviese.

El partido por el título universitario transcurría como estaba previsto. Máxima igualdad con leves ventajas para ambos equipos. A pesar de disponer de un jugador de la clase de Evan, una final nunca tiene dueño. Nuestros oponentes habían llegado hasta allí con una trayectoria inmaculada. Eran un conjunto equilibrado, con grandes especialistas en el tiro y un potente juego interior. En el banquillo, un entrenador con un largo historial a sus espaldas, era su mayor arma. En contraposición, todo nuestro cuerpo técnico éramos jóvenes, igual que nuestros jugadores, jóvenes e inexpertos, habíamos viajado hasta aquél pabellón agarrados tras la estela de Evan.

Quedaban nueve minutos para el final de la segunda mitad. Evan llevaba el balón botándolo lejos del alcance de su defensor. Cruzó el medio campo y marcó con sus largos dedos la jugada número cuatro, era un bloqueo y continuación. Nuestro pívot se apresuró hacia el perímetro para disponerse a bloquear al base rival. Este, rápido de reflejos, se separó de Evan para evitar verse atrapado de nuevo en el bloqueo. Evan, cuando el pívot aún estaba a la altura del poste alto, aprovechando el pequeño espacio concedido por su defensor, se levantó desde la línea de tres y clavó el triple. La grada rugió. La canasta significaba el empate en el marcador y firmaba una pequeña remontada de nuestro equipo que había recuperado media docena de puntos de desventaja. Una canasta así podía resultar un punto de inflexión en un encuentro tan igualado. Todo el mundo lo sabía y por eso el entrenador contrario se apresuró a pedir tiempo muerto. Yo estaba abrazado, celebrando el triple junto a uno de nuestros utileros, cuando de pronto escuché el gélido silencio que se produjo. La gente había dejado de animar. Un par de jugadores se habían llevado las manos a la cara negando con incredulidad. Giré la cabeza hacia la pista y vi a Evan tumbado sobre la cancha con el tobillo derecho formando un ángulo de cuarenta-y-cinco grados con la pierna.

Tardé unos instantes en reaccionar. Corrí a socorrerle. Este era mi trabajo como médico y preparador físico del equipo. Junto a uno de nuestros jugadores le llevamos corriendo hasta el vestuario. Una vez dentro ordené al otro chico que fuera a decir al entrenador que en cinco minutos Evan estaría listo para volver. Era una mentira piadosa para mantener la moral del equipo. Tan pronto como su compañero se marchó, Evan rompió a llorar. Ninguno de los dos dijimos nada. Le inspeccioné detenidamente y vi que se trataba de una rotura de los ligamentos del tobillo. Desde la televisión del vestuario se veía como los nuestros habían reaccionado con coraje a la lesión de su líder y se aferraban al partido. Dirigí de nuevo la vista hacia Evan y, después de que este se enjuagara las lágrimas, clavó sus ojos en los míos. Su mirada ardía con decisión.

“Por favor, quiero volver al partido.” Me dijo tratando de disimular los signos de dolor. Abrí la boca para interrumpirle, pero no pude hacerlo. Los dos sabíamos que una lesión así requería pasar por el quirófano y meses de recuperación. Seguir jugando únicamente podía alargar este proceso y hasta comprometer el futuro de su carrera como profesional que estaba a punto de empezar. Yo sabía que no le convencería y por eso no pude responderle. Evan confiaba en sus compañeros, pero precisamente porque eran un equipo quería ir con ellos hasta el final. No podía decepcionarles. Siendo egoísta, yo también quería que Evan volviese. Me limité a infiltrarle la zona afectada con un anestésico y le apliqué un vendaje compresivo para inmovilizarle el tobillo.

Quedaba un minuto y medio para el final del partido y perdíamos de tres. El regreso de Evan sería un órdago. Si no sabía adaptarse a la situación, resultaría un estorbo para los demás y se irían al garete las pocas posibilidades de victoria que había en aquellos momentos. Por otro lado, su vuelta podía resultar un revulsivo para el equipo que a medida que había ido pasando el tiempo había comenzado a flaquear. Me pasó el brazo derecho por encima de los hombros y le acompañé hasta unos metros de la puerta que separaba los vestuarios de la pista. Evan hizo el último tramo sólo. Puso la mano en el pomo, respiró profundamente y la abrió.

El pabellón enmudeció. El partido estaba detenido por falta personal y tiros libres para el equipo rival. Todos los ojos se dirigieron hacia aquella figura que acababa de emerger tras la puerta. Su contorno estilizado se perfilaba a contraluz. Evan alzó el puño hacia sus compañeros y toda nuestra hinchada estalló de emoción. El jugador que se encontraba en la línea de personal falló los dos tiros y nosotros cogimos el rebote. Tiempo muerto. Era el último que nos quedaba. El entrenador había agotado todos los demás tratando de arañar minutos para la vuelta de Evan. Este se sentó en el banquillo sin mostrar signo alguno de debilidad. A pesar de todo, hablé con nuestro técnico para ponerle al corriente de la situación. Se terminó el breve descanso y Evan saltó a la cancha.

El balón ya estaba en campo contrario. Nuestro base suplente, siguiendo las indicaciones del entrenador, se lo entregó a Evan en el ala izquierda del ataque para que este se jugara un dos contra dos junto al pívot del equipo. Nuestros oponentes aún no sabían de las limitaciones de Evan. Tan pronto como este recibió el balón acudieron un par de defensas en la ayuda para que no se pudiera levantar desde la línea de tres y evitar así que pusiera las tablas en el marcador. Evan leyó perfectamente la situación y asistió con un preciso pase picado al jugador desmarcado que anotó sin oposición con una suave bandeja. 69 a 68 y entrábamos en el último minuto. Ahora nos tocaba defender.

Defensa en zona 2-3. Evan no podría sujetar a su atacante en un uno contra uno, así que a pesar de correr el riesgo de conceder un triple abierto que finiquitara el partido, era la mejor opción. Los contrincantes agotaban la posesión. Evan había empezado a renquear visiblemente después de la última canasta. Quedaban cinco segundos en el reloj de tiro. Circularon la pelota hacia la zona defendida por Evan. El escolta rival se levantó desde la línea de tres y erró un tiro fácil. Capturamos el rebote.

La tensión se podía palpar en el aire. Únicamente quedaba tiempo para una jugada. En liza había mucho más que un título universitario. El futuro de Evan pendía de un hilo y el mío colgaba también del suyo. La decisión de regresar al partido le podía suponer un aluvión de críticas según el resultado. ¿Se podía saber quién era el médico irresponsable que le había dejado volver a la pista? Se preguntaría la gente. Lo habíamos apostado todo, todo por un sueño que ya casi acariciábamos con la yema de los dedos.

Evan tenía el balón. Todos sus movimientos habían quedado sellados. Su cambio de ritmo, sus quiebros, sus fintas, todo era en vano jugando con una pata de palo. La defensa rival se había percatado de la situación y le cortaban vorazmente las líneas de pase que sus compañeros trataban de crear con bloqueos ciegos y pantallas. Nada servía. El tiempo se agotaba. La angustia se reflejaba cada vez con más intensidad en el rostro de los presentes. Evan tenía que jugársela, ya no quedaba más. Quedaban cinco segundos. Cargó con el brazo derecho, rozando la falta en ataque, protegiendo la pelota con el cuerpo. Se impulsó con la pierna izquierda hacia delante y clavó los dos pies al unísono en la bombilla agotando el bote. Se impulsó hacia atrás en un tiro en suspensión a la desesperada levantando la pierna buena en el aire. No podía saltar lo suficiente, tenía el defensor encima. Levantó los brazos tratando de ganar altura, pero la mano de su oponente estaba a apenas un centímetro del esférico. El tiro sería taponado. Evan ya estaba cayendo y no soltaba el balón. Puso el pie derecho en el suelo. En el banquillo nos llevamos las manos a la cabeza. Todo el mundo creyó que serían pasos, todo el mundo excepto el árbitro. En el salto Evan había mantenido el maltrecho pie en el parqué. Aún le quedaba un paso. Se impulsó de nuevo con la pierna derecha hacia atrás, levantándose imponente por encima de la adversidad. Recuperando el equilibrio en el aire, armó el brazo. El balón atravesó el cielo del pabellón como una estrella fugaz. Evan había vuelto a detener el tiempo con su magia. Había parado nuestra respiración, había detenido nuestros corazones. Sonó la bocina. El balón acarició la red e impactó en el suelo con un ruido sordo. Ganamos.

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